Cecilia Echeverría Falla
Cuenta Tolkien en su trilogía de "El señor de los anillos" que un rey llamado Théoden ha sido hechizado por el encantamiento de un mago consejero, "Lengua de serpiente". Aparentemente, el rey lo tiene todo: ostenta el poder, goza del afecto de su gente, vive en un palacio, pero tiene la voluntad aherrojada, dominada por el miedo y la inseguridad. "Lengua de serpiente" lo domina: le ha escondido la espada, le da consejos que lo dejan confundido, indeciso, sin capacidad de reacción, y Théoden se va hundiendo en el trono, carcomido por la tristeza y el miedo. Envejece en su soledad, mientras su pueblo lo espera, anhela oír su voz, verlo y acatar sus órdenes.
A nosotros los hombres nos pasa a menudo como a Théoden: dejamos que un sentimiento, el miedo o la tristeza, lo paralice todo: la lengua, las manos, los ojos, el corazón y hasta la mente. Nos metemos en fatigosas galerías que a cada paso nos hunden, oscuros laberintos donde no hay salidas de sol ni de aire. Mil telarañas que aprisionan la mente y el corazón.
Después de la resurrección de Jesucristo, el hecho histórico de enorme alcance religioso que los cristianos vamos a celebrar el domingo de Pascua, los discípulos de Jesucristo se hallaban en ese estado de ánimo. Lo de la resurrección de su Maestro no entraba en sus cálculos. Les parecía que lo lógico es que en este mundo las cosas terminen mal y casi se alegraban de haber acertado en sus profecías catastróficas. Por eso, cuando Jesús se les aparece, en lugar de estallar de alegría, siguen dominados por el miedo y se ponen a pensar que se trata de un fantasma.
Al igual que ellos, nos encanta vivir en las dudas, en zozobra, no estar seguros. No nos cabe en la cabeza que Dios sea mejor y más fuerte que nosotros. Y seguimos viviendo en el miedo. Miedo a que la fe se venga abajo un día de éstos; miedo a que Dios nos abandone cuando nos salgan mal las cosas; miedo a que otros nos jueguen una mala pasada; miedo a que el fin del mundo nos sorprenda desprevenidos. Lo malo del miedo es que inmoviliza a quien lo padece. El que está poseído por el miedo está derrotado antes de que comience la batalla. Los que tienen miedo pierden la ocasión de vivir.
¡Cuántas cosas cambiarían en el mundo y en nosotros mismos si creyéramos verdaderamente en la resurrección de Jesucristo! La resurrección tendría que ser el punto de apoyo de nuestra seguridad, porque si Él venció la muerte, también a nosotros nos ayudará a vencerla. Ya no caben los miedos, los derrotismos, las amarguras. Si Él resucitó es para que nosotros vivamos sabiéndonos resucitados, para que iluminemos toda nuestra vida con esa esperanza. ¿Cuál esperanza? La esperanza de que el dolor y la muerte son vencibles, de que nuestras vidas son eternas. También amar y trabajar y sonreír son formas iniciales de resucitar, expresiones del gran triunfo de Cristo sobre la pesadez, el dolor y la muerte.
La resurrección de Cristo es un acontecimiento que ha marcado profundamente al hombre y a toda la historia de la humanidad. Cristo regresó con la vida definitiva, triunfante, completa. A partir de ahí, ser cristiano es algo muy distinto de lo que imaginamos, mucho más grande de lo que creemos. Con la resurrección, Cristo no nos trae solamente una pequeña prolongación de algunos años más en este vida chata que ahora llevamos. Nos anuncia que con su resurrección participaremos en una vida tan alta como la suya. La victoria total sobre la muerte, la vida plena y verdadera, la vida reservada para los hijos de Dios.